Creíamos que el rechazo europeo a comer insectos era pura cultura, pero el ADN prehistórico revela que estábamos equivocados
Durante años hemos asumido que el asco de los europeos a comer insectos era un simple tabú cultural aprendido. Un nuevo análisis genético del sarro de nuestros antepasados acaba de demostrar que estábamos equivocados: nuestro ADN lleva 9.000 años adaptándose para rechazarlos.
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